Como saben muchos de quienes visitan este espacio, me encanta escribir, lo disfruto muchísimo, más allá de mis faltas y lo mucho que tengo por mejorar, aún cuando en mi mente, uno nunca termina de hacerlo.
Una de mis amigas, a la que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a quien quiero muchísimo, comparte el mismo gusto que yo, igual que muchos de quienes nos visitamos por aquí, saltando de lectura en lectura, e intentando también poder plasmar en palabras tantas historias e ideas que rondan nuestras cabezas.
Le prometí a esta amiga unas palabras, cualquier cosa que se me ocurriera, y como ella es tan amable de compartir siempre sus relatos conmigo, se me ocurrió que de eso podría ir justamente lo que saliera de mí; unas líneas para intentar contar la historia de esa persona, que somos muchísimos, ya puestos a ello, que amamos escribir, que está más allá de una decisión o deseo, sino que venimos a este mundo con la necesidad de contar historias y compartirlas con los demás.
Quería subirlo aquí porque sé que muchos sentimos lo mismo, y no hay nada más bonito que poner en palabras lo que uno tiene en el corazón.
Dicen las antiguas leyendas que desde el inicio de los tiempos, los dioses que rigen el destino de los hombres se turnan para conceder las gracias que cada individuo ha de necesitar en su vida.
Usualmente, como existen muchas más personas naciendo todo el tiempo que gracias para repartir, estas se conceden sin distinción alguna; después de todo, lo que haga cada ser con los dones que recibe, pasa a ser de su entera responsabilidad.
Sucedió una noche, hace algunos años, que con las campanadas del reloj, se anunció el nacimiento de una niña muy especial. Por supuesto que esto no podía saberlo nadie entonces, excepto, claro está, los dioses que se reunieron frente a ella en sus primeros segundos de vida para concederle las gracias que le correspondían.
—Estamos ante un caso excepcional—dijeron algunos.
—Bueno, tampoco es la única—replicaron otros.
—Aún así, va a hacerle falta una atención especial; ya conocen el procedimiento habitual—los interrumpió aquel a quien consideraban el más sabio de todos.
—Estoy de acuerdo, yo me encargo—una diosa de apariencia maternal dio un par de pasos al frente.
Un ojo humano no habría podido decir qué ocurrió a continuación, pero baste con señalar que los dioses hicieron unos rápidos ademanes en dirección a la pequeña, y desaparecieron, dejándola en compañía de la diosa que se había atribuido el compromiso de encargarse de la pequeña.
Miró con atención el rostro sonrosado, y encogió un poco la nariz. Vale acotar que este era un gesto muy común en ella, cada que debía reflexionar acerca de algo de lo que no se encontrara completamente segura.
—Muy bien, mi querida, ya lo tengo, no sé por qué he tardado tanto en verlo, si está muy claro—dijo al fin, sonriendo—Que tu camino esté lleno de bendiciones, lleva con gracia el honor que te concedo, y lo más importante, diviértete.
Con una última sonrisa, y un guiño, la diosa desapareció, tal y como hicieron sus compañeros.
Desde luego, la niña no tenía como saberlo, pero formaba parte de un amplio grupo de personas privilegiadas que pueblan el mundo, y que tienen por mayor característica, su inclinación por el arte.
Como es sabido, no todos los artistas se desenvuelven igual en todos los ámbitos, y he allí la labor de esta noble diosa, que ante este caso singular, se encargó de rebuscar en su corazón hasta hallar aquella llamita que era entonces muy pequeña, pero que mostraba ya una obvia predilección por el milenario arte de la escritura.
De modo que bendijo su talento, que un dios amigo había dejado ya en su lugar, la dotó de uno de los dones más preciados, la imaginación, y dejó a una compañera para que creciera a su lado, y se encargara de servirle de guía en el arduo camino de la creación.
Y esta niña creció, despierta e inteligente, tanto que descubrió su sino muy pronto, identificó a ese ser que fungía de amiga y guardián, y hasta le puso un nombre, para eterno agradecimiento de aquella que le había sido confiada.
Así que la niña, segura de cuál era su sueño, y aún cuando debía atender los muchos deberes de la vida diaria, se las arregló para desarrollar ese talento que ardía en ella, y en el camino, se topó con otros tantos espíritus afines, seres que en su día fueron visitados por los dioses, lo mismo que ella, y que descubrieron en ellos similar esperanza.
Porque las almas de los creadores se buscan, se llaman, y sin importar las distancias y esas muchas diferencias que los hacen únicos, se reconocen como hermanos con un mismo destino, alimentándose los unos a los otros con el fuego de las historias sin contar y los personajes que esperan pacientemente a ser descubiertos.